MUERTOS EN VIDA
Articulo enviado por: DAVID KÖEMMAN ©
Desde que enterré a mi abuela —la única mujer que me sostuvo sin condiciones— dejé de pisar funerales. No porque no me duelan los muertos, sino porque me cansé de ver a los vivos representando un dolor de Broadway
El rock está de luto, pero tranquilos: no es la primera vez que nos comemos un cadáver caliente ni será la última. Ya sabéis cómo funciona esto. Muere alguien grande y de repente todo el mundo quiere ser su viuda. Las redes se llenan de lamentos prefabricados, de nostalgia de plástico, de un postureo que huele peor que un urinario de garito a las cinco de la mañana.
“He perdido a un referente”, dicen. “Se ha hundido otro petrolero.”
¡No jodamos!
Lo que se ha hundido es la poca honestidad que nos quedaba.
Podría escribir cien líneas romantizando mi devoción por Extremoduro, por Robe, por toda esa genealogía de música sucia que nos salvó cuando éramos demasiado jóvenes para entender que ya estábamos condenados. Pero no voy a darle ese gustazo a mi ego. Mi ego no quiere crecer: quiere beber. Y ya está lo bastante borracho como para ponerse sentimental.
La muerte —propia o ajena— funciona como una vaselina espiritual que ablanda los callos de los hijos de puta. De pronto, quienes no tuvieron los cojones de estar cuando tocaba se esconden detrás de la pena, como si llorar fuese un acto de absolución automática. “Lo siento mucho”, dicen. Lo que sienten es el peso de la culpa. Y la culpa, como buen cáncer, siempre llega tarde.
Desde que enterré a mi abuela —la única mujer que me sostuvo sin condiciones— dejé de pisar funerales. No porque no me duelan los muertos, sino porque me cansé de ver a los vivos representando un dolor de Broadway. Vi rabias que no eran rabias por el que se iba, sino por el que se quedaba dentro, enmohecido. Vi lágrimas que no buscaban sanar, sino limpiar el espejo donde no se querían mirar.
A mí, mientras tanto, me acusaban de frialdad por no desmoronarme en público. No sabían que yo ya lo había llorado todo en vida, conversando, creando, compartiendo, equivocándome y reparándome con la persona que se marchaba. Cuando uno vive de verdad con alguien, ya no necesita un teatro al final. No queda nada pendiente. Solo queda el eco. Y el eco no llora; vibra.
Por eso me revienta este circo necrofílico que se monta cuando muere un artista. Lo homenajean aquellos que le dieron la espalda, que le negaron la voz cuando rompió moldes, cuando se metió en su propio infierno, cuando decidió no seguir el guion que ellos querían. Con Robe pasa eso, pero pasa con todos los malditos: se les quiere más cadáveres que vivos. Un poeta no es un poeta hasta que se lo puede consumir sin que responda. Lo dijo Panero sin querer decirlo.
A veces, cuando leo que hablan bien de mí, me pellizco solo para comprobar si ya he muerto.
Porque la alabanza suele llegar cuando uno está demasiado lejos para mandarlos a la mierda.
El poeta y amigo amigo Javier Irazoki escribió: “Que el hombre no sea solo una pausa de la muerte.” Y yo lo escucho resonando en aquella Peña La Bota de Lizarra, en un invierno helado, colocando ladrillos como quien levanta un altar secreto con Ángel de Miguel, otro poeta de los que ya no fabrica este mundo de selfies y vergüenza líquida.
No lloréis tanto por Robe. Lo digo en serio. Como argonauta que ha cruzado más de una vez la frontera sin billete de vuelta, os aseguro que ha ido a parar a un sitio mejor que éste: un lugar sin egos hipertrofiados, sin almas en oferta, sin esa fauna de máscaras con cuerda que puebla este estercolero social donde todos se creen el Correcaminos y no ven los colmillos de coyote que les asoman en el reflejo.
Dadle dos vueltas y, si no os gusta lo que veis, dadle tres.
Gracias, Robe, por tu aspereza, por tu desgarro, por tu manera de decir “que os jodan” sin necesidad de pronunciarlo. Gracias por no ser domesticable. Gracias por recordarles —y recordarnos— que el arte no se hace para quienes no lo merecen.
David Köemman©
13/12/2025